Guismo hoy ha conocido el amor.

Bueno, en realidad Guismo se enamora muy fácilmente: basta con que haya una perrita en celo en un radio de unos 20 metros, para que Guismo la detecte y se enamore automáticamente. Pero queda muy poético empezar el post con esa frase.

El caso es que se me ha puesto la mosca tras la oreja nada más salir del portal: Guismo ha ignorado completamente al gato callejero que bebía agua de la boca de riego (justo frente a la puerta del portal), y ha empezado a llorar de auténtica pena mientras tiraba como loco de la correa, en dirección al parque. Y efectivamente: pocos segundos después, ha salido de éste una señora con una preciosa perra de raza Labrador Retriever. La perra iba muy tranquila, hasta que nos ha olido (nos estábamos acercando por la acera), y ha decidido que Guismo podría ser un buen candidato. Eso sí, la dueña, obviamente, ha decidido que ningún perro es buen candidato: me ha contado que tiene cita en el veterinario para castrar a la perrita. Todo esto a distancia y a gritos, claro, porque a estas alturas tanto Guismo como la perrita desconocida estaban tirando de sus respectivas correas, llorando a moco tendido.

He conseguido darle el paseo a Guismo. No le he podido soltar, porque el muy perro de caza es un buen rastreador, y probablemente hubiera salido corriendo tras los pasos de su amor desconocido. Así que le he llevado todo el rato de la correa, yo pasando calor y él a regañadientes: no hacía más que tirar hacia la puerta del parque.

A la vuelta del paseo, he oído gritos y ladridos. La perrita desconocida se las ha arreglado para darse a la fuga tras sacar la cabeza del collar, y estaba coqueteando con otro perrito que, afortunadamente para la dueña de la perrita en celo, iba atado. Eso sí, el pobre perrito atado estaba salido perdido, mientras su dueño se partía de la risa.

La que no se reía era la dueña de la perrita: supongo que temía que la operación tuviera que posponerse hasta después de un parto de cachorritos mestizos.

Pobre Guismo. Ahora mismo está bajo el gancho donde cuelgo siempre la correa, llorando.